Hoy, martes 16 de diciembre de 2025, el Patronato de la Fundación del Museo Guggenheim Bilbao ha decidido renunciar definitivamente al proyecto Guggenheim Urdaibai. No habrá una “doble sede” en el entorno de Gernika-Lumo y Murueta. Es una noticia excelente para Urdaibai, para su biodiversidad y para todas las personas que, desde hace años, hemos sostenido una oposición serena, argumentada y persistente en contra de ese proyecto.
En mi caso, como parte de Greenpeace, y junto a muchas otras organizaciones, colectivos y personas a título individual, he recibido esta decisión con una mezcla de alegría, alivio y orgullo colectivo. Alegría, porque se evita una intervención de enorme impacto en un espacio natural legalmente protegido. Alivio, porque se cierra un ciclo de incertidumbre que nos ha tensionado sobremanera. Y orgullo, porque lo ocurrido hoy demuestra algo muy concreto: la movilización social informada, creativa y sostenida sí funciona.
Porque no podemos olvidar que hasta hace solo unos meses, el discurso institucional era muy distinto. En julio de 2023, el Gobierno central aprobó una aportación de 40 millones de euros vinculada al proyecto y, al mismo tiempo, la Diputación Foral de Bizkaia consignó otros 40 millones, alimentando la idea de que el plan avanzaría con el impulso de grandes presupuestos públicos. A esa lógica de “apuesta irreversible” se sumaron cambios y tramitaciones urbanísticas, ajustes administrativos y una narrativa pública insistente en que el museo se haría “sí o sí”, presentando a quienes disentíamos como parte de una supuesta “coalición del no”. Hubo una campaña mediática intensa y una sensación generalizada de que intereses económicos y empresariales muy influyentes ya habían dado el proyecto por descontado.
Y, sin embargo, lo que parecía inevitable no lo era. Entre otras razones, porque la propia realidad del proyecto exigía forzar piezas que no encajan bien en un enclave como Urdaibai: la recalificación de suelos, la modificación de planeamientos, y el intento de abrir paso en un entorno sometido a figuras de protección y a normativa de costas. En paralelo, los obstáculos jurídicos se fueron acumulando hasta convertirse en una variable imposible de minimizar.
Lo importante, sin embargo, no ha sido esto. Lo decisivo es que la sociedad organizada construyó una respuesta más sólida que cualquier campaña de imagen. En estos meses —y en realidad, a lo largo de años— hemos visto y protagonizado movilizaciones en la calle; manifestaciones y concentraciones; repartos de información; charlas y encuentros; artículos, entrevistas y presencia constante en medios; coordinación con plataformas ciudadanas; y un trabajo paciente de conversación en barrios, pueblos y redes sociales. Esa constancia no se improvisa: se teje. Y se teje con tiempo, con cuidado, con escucha y con muchas horas invisibles.
Un capítulo particularmente relevante ha sido la vía jurídica. Donde algunas voces intentaron reducir el debate a “opiniones”, el movimiento ciudadano y ecologista respondimos con argumentos, informes, recursos y procedimientos legales: es decir, con el mismo lenguaje que exige un Estado de derecho cuando se trata de proteger espacios de alto valor ecológico. No se trataba de “estar en contra por sistema”, sino de pedir rigor, legalidad y coherencia con los compromisos ambientales.
Y junto a lo jurídico y lo social, también ha sido clave la creatividad. En Greenpeace sabemos que la comunicación no es un accesorio: es una herramienta para abrir conversaciones difíciles y para trasladar, de manera comprensible, lo que está en juego. Un ejemplo muy simbólico fue la acción realizada dentro del propio Museo Guggenheim Bilbao, una intervención artística y colectiva pensada para dar protagonismo a “las otras vidas” de Urdaibai —su fauna, su flora, sus humedales— y para recordar que sin naturaleza no hay cultura que se sostenga. Esa acción requirió coordinación, cuidados, planificación y participación diversa; y dejó una huella que muchas personas todavía recuerdan.
La decisión de hoy también confirma algo que repetimos muchas veces cuando parecía que nadie quería escucharlo: Urdaibai no es un solar disponible, ni un decorado para “proyectos-escaparate”. Urdaibai es la única Reserva de la Biosfera de Euskadi, un espacio con biodiversidad excepcional y con figuras de protección que existen para algo: para poner límites, incluso cuando hay presiones. En los textos que hemos ido publicando y compartiendo estos meses, insistíamos en una idea sencilla: por más que se intente vestir de “sostenible”, un macroproyecto museístico en el corazón de la Reserva conlleva impactos inevitables (por obra, afluencia, movilidad inducida y presión turística), además de riesgos añadidos en un contexto de crisis climática y de aumento de eventos extremos.
También dijimos —y hoy merece la pena subrayarlo— que la restauración ambiental de zonas degradadas no puede ser el “peaje” para aceptar un gran equipamiento. Descontaminar suelos y recuperar espacios dañados debe hacerse por responsabilidad pública y por justicia ambiental, no como moneda de cambio para justificar nuevas presiones sobre el territorio. Y cuando se habla de cifras, el debate es legítimo: se han manejado compromisos de financiación pública muy elevados, con el consiguiente dilema sobre prioridades colectivas y beneficios reales para la población local.
Por todo ello, lo de hoy es un logro claro y contundente del movimiento ciudadano y ecologista. Un logro plural, hecho de muchas aportaciones pequeñas y grandes: de quien acudió a una concentración; de quien repartió información bajo la lluvia; de quien preparó una charla; de quien revisó un documento técnico; de quien sostuvo una pancarta; de quien escribió una alegación; de quien apoyó económicamente; de quien, simplemente, mantuvo la conversación viva cuando parecía que todo estaba decidido. Este resultado pertenece a todas esas personas.
A partir de ahora, el reto cambia de forma, pero no desaparece. Toca seguir cuidando Urdaibai, y toca exigir que las energías institucionales y los recursos públicos se orienten a lo que de verdad mejora la vida en la comarca: empleo digno ligado a la transición ecológica, rehabilitación y vivienda, movilidad sostenible, conservación efectiva, renaturalización, y un modelo de turismo a escala humana, compatible con un ecosistema frágil. También toca mantener la vigilancia democrática para que no se reemplacen los viejos atajos por otros nuevos con distinto nombre.
Hoy celebramos. Y celebramos con una idea muy concreta para el conjunto de Greenpeace: cuando nos organizamos, cuando sumamos con respeto, cuando argumentamos con rigor y actuamos con creatividad, lo que parecía imposible deja de serlo. Que esta decisión sea un motivo de orgullo compartido y, sobre todo, un recordatorio práctico de que vale la pena participar, insistir y construir alternativas.