Hoy ha empezado el Campamento Ecofeminista de Latinoamérica, que se celebra esta semana en Colombia, y en el que tengo la inmensa suerte de participar. Siento que ya es y será una una experiencia inolvidable. 

Este primer día ha sido de presentaciones. Hemos conocido las dinámicas y, sobre todo, a las personas participantes, sus territorios y las luchas que sostienen. Ha habido una feria de iniciativas donde cada quien ha podido compartir su sabiduría y sus movimientos, historias de resistencia, muchas marcadas por el peso del extractiviamo y sus violencias.

Una de las historias que más me ha removido es la de Betty Vázquez Rivera, del pueblo Lenca en Honduras. Betty es activista, ambientalista y feminista, defensora de los derechos humanos, especialmente de las mujeres y de los pueblos originarios. En sus palabras, queda claro que para ella ser defensora es una necesidad para resistir un sistema que desde hace siglos se ha dedicado a saquear sus tierras, explotar sus recursos y olvidar sus culturas. Ser defensora implica vivir bajo amenazas, ser criminalizada, judicializada, enfrentarse a violencias. Ella se mantiene firme para proteger su territorio y su identidad.

Betty nos contó que, debido a su lucha, está protegida por los organismos para poder salvaguardar su vida. Muchas de las mujeres de su comunidad enfrentan situaciones similares: amenazas, violencia … solo por defender su derecho a existir y a proteger la vida humana y no humana, que es mucho más que un recurso; es vida, identidad y memoria para sus pueblos.

Habló también de pérdidas irreparables, como la de Berta Cáceres, asesinada por su lucha contra el colonialismo extractivista, y de compañeras que han tenido que migrar forzosamente por su seguridad. Estas mujeres no “se van”; son desplazadas por un sistema que les niega el derecho a vivir en sus propias tierras. Algunas han llegado a lugares como España, dejando atrás su vida, su red y su comunidad, alejándose de su crianza, para empezar de cero en un lugar que también forma parte de esta historia colonial que las expulsa.

Escuchar a Betty no solo conmueve, también confronta. Nos obliga a mirar de frente el impacto que tienen nuestras formas de vida sobre otros territorios, no se trata de dar voz, porque ellas ya tienen voz. Se trata de escucharlas, amplificar su mensaje y, sobre todo, cuestionar y desmontar las estructuras coloniales que seguimos perpetuando. 

Betty y su lucha es un recordatorio de que no hay justicia climática ni social sin justicia para los pueblos originarios.